-¿Porque no coges tu escoba y te largas Sam?-su voz cantarina resonaba como el piar de un molesto pájaro en la madrugada.- ¿No ves que sobras?
Me encogí de hombros y con una mirada desafiante le contesté:
-No, realmente no, la calle es de todos, Barbie.-Sabía que aquel apodo le hería el orgullo a pesar de que estas muñecas eran lo más de la belleza.
Me ignoró, como respuesta obtuve una panorámica completa de cómo se besaban y sobaban delante de mis narices. Decidí ir a buscar a Claire e irme de este sitio que me ponía enferma. Crucé el portón con la intimidatoria mirada del gorila persiguiéndome hasta que desaparecí entre la multitud. No tardé mucho en encontrarla. Donde había dejado la copa, ahora vacía, que me había traído Peter, la vi. Estaba encorvada, con la cabeza agachada apoyada sobre las rodillas, con un chico corpulento a su lado sosteniéndole por los hombros.
-¿quién eres y que haces?- soné bastante dura tal vez por lo irritada que me hacía sentir Annie.
-yo…-parecía asustado- no le conozco, pero la encontré vomitando en el aseo de los chicos y la subí hasta aquí arriba para que pudiera sentarse.- parecía sincero.
Con un suspiro le dije que avisase a un chico rubio llamado Peter, él sabría ocuparse de ella. A decir verdad en otras condiciones habría esperado con ella a que se sintiese mejor, pero me sentía realmente agobiada y no tendría paciencia suficiente para no acabar echándole en cara que me llevase con ella a esta estúpida fiesta.
Tuve suerte, aquellos tortolitos ya habían volado de allí. Atravesé el parque con prisa, quería llegar ya a mi casa, terminar con éste día de locos y, con un poco de suerte, mi madre estaría ya durmiendo, evitando así un interrogatorio exhaustivo. Alcancé mi portal en apenas unos minutos, comprobé la hora en el móvil antes de sacar las llaves. Eran las dos y media de la madrugada. Abrí la puerta del zaguán y súbitamente un viento helado caló mis huesos. Un intenso terror se apoderó de mi al instante sin saber el por qué. Busqué con mi mano el interruptor de la luz, deseando que ésta me demostrase que se trataba de un miedo totalmente irracional el que me sacudía. No lo encontré, cada vez me sentía más frustrada. Desistí en el intento y eché a correr hacia el ascensor, pero cuando llegué ante él sus puertas se abrieron de golpe, dejando correr una ráfaga de aire que me hizo perder el equilibrio. Caí al suelo de rodillas y dirigí mi mirada tan rápida como un láser al ascensor.
La imagen me heló la sangre.
Vi a una forma humana, con dos profundas cuencas negras en lugar de ojos. Una siniestra apertura que tomaba por una boca sin labios, expulsaba un espeso líquido rojizo similar a la sangre pero algo más oscuro. Era tan pálida como un esqueleto. Sus huesos se pronunciaban a través de una fina membrana con numerosos cortes de los cuales brotaba el mismo líquido repulsivo que de su boca. De su cadavérica cabeza caían unos lacios mechones dorados que formaban maltrechos bucles alrededor de sus mejillas. Me fijé en el trapo que envolvía a aquel monstruo, las lentejuelas desconchadas como si fuesen escamas rotas despedían destellos morados a la escasa luz del ascensor. Emitió un leve gruñido semejante graznido de un cuervo antes de caer de bruces contra el pavimento. Retrocedí totalmente impactada hasta que mis hombros dieron con la pared. Jamás había visto algo así y no quería volver a verlo. Cuando creí que aquella criatura de los avernos había muerto, me incorporé tambaleante, con el corazón encogido y latiendo a una velocidad excesiva. Entonces me fijé en el cuerpo contorsionado de aquel ser. Puse los ojos en blanco y las piernas volvieron a fallarme, pero tuve las suficientes bruces de apoyarme en la pared para no caer.
Me pareció que aquella criatura era Annie.
Llevaba en mismo vestido que le había visto en la discoteca, ahora salpicado de aquel líquido espeso y hecho jirones. Los maltrechos bucles lacios eran la ondulante melena rubia que le había golpeado en las mejillas hace apenas media hora. Vi que delante de aquella huesuda mano descansaba un papel roído y manchado, quería cogerlo pero estaba tan paralizada del miedo que ninguna de mis extremidades reaccionaba. El cuerpo desprendía un olor nauseabundo, unos vapores grisáceos se elevaban a través de éste desintegrando la membrana. Unos minutos más tarde, quizá segundos, el cuerpo se había reducido a un trozo de carne del tamaño de una uña que descansaba en el suelo entre volutas de humo. Traté de calmarme y caer en algo racional. Pensé en llamar a la policía pero ¿Quién creería mi historia? Lo único que quedaba del cadáver de Annie era un maltrecho trozo ennegrecido y minúsculo además de unas manchas negruzcas en el suelo que podría ser perfectamente los fluidos intestinales de algún borracho. La última vez que había visto a la chica en condiciones normales era con aquel muchacho misterioso. Seguramente él le habría hecho esto, no había ninguna explicación más lógica, el causante de lo que le había pasado a Annie era él, y solo si le encontraba podría saber que había sucedido ésta macabra noche. Suspire hondo, relajándome lo máximo que la situación podía permitirme. Me agaché y recogí el carcomido trozo de papel. Entré en el ascensor donde aquel olor revolvió mi estómago y me propino una arcada. Me tapé la nariz con el brazo y deseé que nada le hubiese pasado. "¡mi madre!"aquel destelló iluminó cada uno de los rincones de mi insana conciencia ¿Le habría hecho daño aquella endemoniada criatura? La falsa relajación dio paso a la ansiedad. Cuando las puertas del ascensor se abrieron salí disparada como una flecha y tras varios intentos de meter la llave en el bombín lo conseguí, a pesar del temblor y el sudor de mis manos. Encendí la luz de la entrada y cerré con un portazo. Corrí a través del pasillo, una tenue luz bañaba el final, donde se encontraba el salón. Llegué desesperada y jadeando, aferrándome a la esperanza de ver a mi madre.
Y la vi.
Descansaba echa un ovillo en el sofá, con una suave manta de seda azul envolviéndola. La luz de la televisión encendida bañaba su rostro inocente y despreocupado, parecía a ver caído en un sueño profundo. Pero quería asegurarme de que estaba bien. Me arrodillé frente al sofá y la balancee suavemente. Ella se revolvió reacia a despertar, hasta que entreabrió con pesadumbre su ojo derecho ante mi insistencia.
-¿Qué te pasa?- sus palabras eran apenas un susurro inaudible.
-Ya he llegado.- Se me hizo un nudo en la garganta parpadeé varias veces para impedir que las lágrimas corrieran por mis mejillas. Mi madre estaba bien, era lo único que realmente me importaba.
Volvió a cerrar el ojo lentamente y se acurrucó aún más sobre el sofá. Finalmente determiné dejarla descansar en paz y me dirigí a mi habitación aún con los ojos entumecidos.
Me tumbé sobre la cama, con la ropa puesta. Pequeñas gotas negras se dibujaban en el tapiz gris de mi camiseta, lo que me recordaba las terribles imágenes de algo que era real por más que fuese de locos. Recordé entonces el trozo de papel. Lo aferraba con fuerza en mi mano izquierda, me había resistido a dejarlo caer inconscientemente. Lo llevé antes mis ojos y observe que lo que había escrito en el emborronado papel era la dirección de un domicilio: Queen’s Gate número 12. Frente a la vasta y extensa zona del Hyde Park.
Desperté pegajosa, con un sudor frío recorriéndome la sien. Las pesadillas no me habían abandonado en toda la noche, la imagen de aquella horrible criatura estaba forjada a fuego en mis recuerdos, imposible de borrar. No recordaba en qué momento había caído en brazos de Morfeo, ni si quiera la hora que era, pero a juzgar por el molesto ruido de los coches y la luz que se filtraba a través de las cortinas debía ser mediodía. Me incorporé un poco, algo mareada, tal vez por lo poco que había descansado, y alargué la mano a la mesita de noche para agarrar el reloj-despertador. La una del mediodía. Escuché como mi madre escudriñaba en el armario de las cacerolas, si iba a hacer la comida a estas horas era un claro indicio de que Frederick vendría a comer. Así que, me levante despacio, tenía que ponerme algo más cómodo y echar a lavar esta maldita camiseta gris salpicada de negro. Elegí una cómoda camiseta azul y unos pantalones vaqueros. Mientras me cambiaba pude ver el fragmento de papel tirado en el suelo, con esas elegantes letras que parecía trazadas con delicadeza y precisión igual que una invitación a un festejo. ¡Eso es! No me lo había imaginado ayer noche, cuando lo leí, tal vez estaba demasiado asustada y alterada como para fijarme. Era una invitación, sin hora, solo con el lugar, pero normalmente son de noche ¿Cuándo se ha visto una fiesta privada a plena luz del día? Pero seguía sin saber qué día era. Podría acercarme esta noche, pero la verdad es que estaba bastante lejos para malgastar dinero cogiendo un taxi en caso de que me equivocase. Sin embargo, algo dentro de mí me empujaba, atraída por la idea de conocer la naturaleza de aquel monstruo, así que me decidí por ir.
El timbre de la puerta resonó por todas las esquinas del piso. Mi madre no sabía que me había levantado, así que le avisé antes de encaminarme a abrir la puerta. Cuando lo hice, apareció tras ella la figura inconfundible de Frederick.
-¡Frederick! –Exclamé saltando a sus brazos- ¿Porqué no viniste ayer?
Me devolvió el abrazo con sus fuertes brazos, a pesar de lo poco hinchados que estaban.
-Tenía una comida bastante importante con la empresa, toda la directiva estaba presente.- Su voz hizo que me olvidase de todo lo vivido, era como una buena jarra de agua fría en un desierto.- yo no iba a ser menos.
-Frederick, iba a hacer estofado y revuelto de verduras ¿te apetece?- mi madre se hizo presente con una amplia sonrisa en los labios. Iba en delantal y agitaba una espátula de cocina con energía en el aire, describiendo círculos irregulares.
-Claro ¿Cómo te fue ayer? ¿Algo nuevo?
Nos dirigimos los tres a la cocina, Frederick ponía el toque de humor y mi madre reía como una cría, despreocupada. Yo por mi parte, intercalaba la mirada entre éstos y reía de vez en cuando. Era una de esas pocas veces que podía ver lo que la gente decía que era una familia, yo nunca la había tenido una, pero me jugaría el cuello a que esto era lo más parecido que podía tener. Observé a Frederick con detenimiento, se había cortado el pelo, ya no eran esos mechones cobrizos que le descansaban sobre los hombros, ahora lo llevaba algo más corto. Tenía las gafas mal puestas, como siempre, más caídas de lo que debería, justo por encima del caballete de su nariz. Sus ojos pardos no se despegaban ni un segundo de mi madre, que iba de aquí para allá con los trastos de cocina. Deseé por un momento, que mi padre hubiese sido él, todo sería mucho mejor.
Después de comer nos fuimos todos al sofá, echarían una de esas películas típicas de sobremesa que mi madre quería ver. Yo descansaba en el pecho de Frederick, que me pasó el brazo por detrás cogiéndome del hombro. Me sentía realmente bien, parece que la pesadilla de anoche había transformado el día en algo maravilloso, como el gusano que pasa a ser mariposa. Pero me duró bastante poco, el móvil comenzó a sonar, leí Claire en la tapa. Me levanté de un salto, no había pensado en Claire desde que la dejé allí tirada, tal vez estaría enfadada conmigo, y tendría razón para hacerlo.
-Hola Claire ¿Te encuentras bien?- intenté aparentar inflexible, pero creo que fallé.
- Bueno, tengo una resaca de caballo, pero valió la pena. Gracias por haber enviado a Peter a cuidarme.- No me esperaba esa reacción en absoluto.
-¿Qué pasó cuando me fui?
-Bueno… no lo recuero muy bien pero creo que un chico llamó a Peter, dijo que te diera las gracias, que tu le dijiste que lo buscara. Peter me llevó fuera para que tomase el aire y pudiese despejarme un poco, pero creo que no sirvió de nada, le vomité encima de sus zapatos de charol-le tembló la voz, parecía realmente arrepentida y ruborizada- No he tenido oportunidad de hablar con él, me acompañó en el taxi de vuelta a casa y luego se fue. Le he llamado unas cinco veces al móvil, pero no me contesta ¿y si esta cabreado conmigo? ¿Puedes intentar contactar tú con él y me dices?
-Tranquila Claire, lo haré.- no sabía muy bien si lo hacía por mí o por ella. – Tal vez le llamé esta noche, y si no, mañana ¿de acuerdo?
-Por favor hazlo cuanto antes- arrastró la súplica con un hilo de voz.- y gracias de verdad, no sé qué haría sin ti. Apunta, te daré su número.
Cogí el papel de la invitación y escribí por detrás su número. Antes de que pudiese decir nada Claire colgó. Me quedé mirando el número unos segundos antes de volver a los brazos de Frederick y a la calidez de mi madre.
Pasé así un par de horas, pegando cabezadas sobre Frederick entre la vigilia y el mundo de los sueños. Hasta que finalmente me dormí.
Arrastraba la cola un largo vestido azul marino, miré a mí alrededor como la sala de cristal reflejaba los destellos de maravillosas sonrisas de los presentes, que bailan bien agarrados a sus parejas una dulce melodía. En el centro, la fuente del mismo material recortaba una forma delicada de una sirena cepillándose el cabello, por donde discurría el agua cristalina en forma de ondas suaves. Me senté con delicadeza en una silla acolchada y majestuosa .Y entonces, vi como Peter enfundado en un precioso traje con una corbata del mismo color que mi vestido me tendía su mano .Le seguí y nos fundimos en una danza lenta, viendo como todos se apartaban a nuestro paso y se desvanecían como el humo. Cuando miré a Peter a la cara, se había transformado totalmente. Estaba bailando con el asesino de Annie. Sentí como me oprimía le cintura con una fuerza sobrenatural, me estaba ahogando. Cuando creí que mi último aliento se escapaba de mi boca alguien me zarandeó y me alejó de los brazos del asesino…
-¡Sam despierta! Es la hora de cenar.- la voz de mi madre me perforo el cerebro como una taladradora.
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-¿A dónde vas?- Frederick parecía extrañamente nervioso.
-He quedado con Claire para ir a casa de Peter.
Los ojos de mi madre brillaron igual que los de un gato a punto de capturar a un ratón.
-¿Quién es Peter?-preguntó.
-Un compañero de clase.- y eso era todo cuanto era en realidad.
Mi madre le dirigió a Frederick una mirada de cómplice. Por suerte, comenzamos a cenar, con las habituales bromas de Frederick condimentando la comida.
No tardé mucho en terminar, cogí algunas cosas, entre otras mi cartera con dinero para el Taxi y recorrí el zaguán como una flecha a pesar de que aún con su iluminación artificial me estremecía por dentro.
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