Sam

Sam

lunes, 14 de febrero de 2011

Little pony

Jamás había pedido algo fuera de la realidad, algo inalcanzable o imposible. Todo cuanto he pedido siempre era algo tan sencillo como una hoja de papel pintada, una tarjeta dedicada o un simple abrazo. Tal vez por eso la vida me recompensó con algo tan complejo, sutil y delicado como es este sentimiento. Es capaz de destruir, de acabar contigo y hacerte tan pequeña que ni con lupa podrían encontrarte. De hacerte sentir tan mal, que lo único que deseas es llorar, chillar y así finalmente quedarte rendida mirando al infinito y pensando que hiciste mal aún con los ojos entumecidos. Pero si algo es cierto, es que es el que puede hacerte volar más allá de las nubes, de arrancarte una sonrisa cuando todo lo que te rodea se viene abajo, de pensar que todo es posible y que puede darse vivir una eternidad, pero siempre a su lado. Haces que crea crea en los sueños y en la magia, haces que vuelva la inocencia.
El regalo más grande que podría tener: eres tu ^^

domingo, 13 de febrero de 2011

Capitulo 4

Cogí el primer taxi que se me presentó, pasé todo el trayecto escuchando una horrible balada country que hería a mis oídos. Agradecí llegar en poco más de diez minutos a Queen’s gate. El aire era extrañamente frío y cargado, igual que el que me sacudió al entrar en mi zaguán anoche, antes de toparme con la criatura por la que ahora estaba aquí. Tal vez esto fue el condicionante que me hizo pensar que iba en la dirección correcta. Seguí aquella atmosfera hasta que era aplastante, presionaba mis músculos, sumiéndome en una continua tensión, divisé entonces en una zona poco iluminada, prácticamente dentro de los terrenos de Hyde Park, un edificio que habría dado por abandonado si no mostrase en un portal de ventanas rotas un número doce oxidado y con el dos al revés. Era un edificio destrozado, pero algo llamó mi atención: todas las ventanas estaban en perfectas condiciones (excepto las del portal), tintadas de un color oscuro que me impedía ver el interior. Escuché unos pasos acelerados a mis espaldas, me abalancé detrás de un árbol, tenía demasiado miedo de que alguien hiciese conmigo lo que aquel chico hizo con Annie, así que me limité a observar.
Y allí estaba Peter, junto al asesino de Annie.
Se me revolvió el estómago, un nudo en la garganta que dificultaba respirar y notaba el latido de mi acelerado corazón golpeándome con fuerza en la sien. ¿Acaso se conocían? La rabia que sentía por la posibilidad de que Peter hubiese dejado morir a Annie en manos de aquel muchacho me consumía por dentro, como si una llama estuviese abrasando mi interior sin poder menguarla hasta que no supiese la verdad. Resultaba increíble ver la vitalidad que desprendía Peter en contraste con lo tétrico que el asesino aparentaba ser. Caminaban el uno junto al otro en dirección al edificio en ruinas manteniendo al parecer, por los gestos que describían sus manos, una dinámica conversación.
Me sentía engañada.
Los vi desaparecer a través de los cristales rotos, sin saber qué hacer. Creía que Peter era una persona amable y gentil, incapaz de hacer daño a nadie y esperaba con todas mis fuerzas que así fuese, que él no fuese cómplice del asesinato. Me obligué a mi misma a no juzgarle y no hacerlo me llevó a pensar lo peor: Es posible que se tratase de un asesino enserie y Peter sea su próxima víctima.
No podía permitirlo, de ninguna manera, esta posibilidad era la peor de todas y en cierto sentido la más probable conociendo, no mucho pero lo suficiente, a el dulce Peter. Actué de inmediato, sin pensar en ningún plan, me retrasaría y el tiempo ahora mismo corría en mi contra. Eché a correr lo más silenciosamente que pude y me deslicé a través del hueco entre las puertas entrecerradas. Observé a mi alrededor, Todo estaba oscuro, solo un pequeño haz de luz se dibujaba pisos arriba. Subí por aquellas polvorientas escaleras que crujían sin remedio en contacto con mi peso, adiós al ser sigilosa. A medida que ascendía la luz era más intensa y podía ver los portones comidos probablemente por toda una variedad de roedores y termitas, de los antiguos pisos que alguna vez fueron habitados. La barandilla era de un extraño color dorado, tal vez bañada en oro, pero ahora se presentaba sucia y con una gruesa capa de polvo encima. Pronto escuché la notas de un piano bailar en el silencio, y el murmullo de al menos una docena de personas. Me paralizó el terror, jamás podría enfrentarme a doce personas o incluso más.
Una sombra bajó con una rapidez sobrehumana por las escaleras, no me dio tiempo a reaccionar. Me encontré cara a cara con un bulto enorme, como los gorilas que había visto en de la vallé.
-¿Vienes sola?- Su voz me pareció igual que el siseo de una serpiente.
Con el hilo de voz que el nudo de la garganta dejó escapar, tragué saliva y contesté.
-No-mentí- vengo con Peter y…-No sabía el nombre del asesino.
-¿Jake?- completó la sombra- Que extraño…humanos..., a no ser que…- me pareció ver una sonrisa siniestra entre la oscuridad- Adelante, pasa pequeña…
Se apartó sin hacer el más mínimo ruido, parecía flotar sobre el suelo. Lo vi desaparecer entre unas agitadas convulsiones que sufría su cuerpo, se fundió con la oscuridad.
Jake, ese era su nombre, tenía un dato más. Me pareció extraño que se dirigiese a mí como “humano” ¿acaso él no lo era? Pero no tenía tiempo para reflexionar con tonterías, la vida de Peter podía estar en juego. Un piso más y llegaría a mi destino. La imagen me dejó anonadada. Ante mi se hallaba un enorme salón, con una iluminación del más puro blanco y tan lujosa que me recordaba a los palacetes de los cuentos. Había más de una docena de personas, vestidas de etiquetas y con copas de Champagne en la mano. Esto era totalmente surrealista, algo tan bello en algo tan horrible como un edificio hecho pedazos. Seguí recorriendo la estancia con la mirada, las notas del piano me hicieron buscarlo, y vi a un chico de cabellos dorados sentado en el taburete deslizando con delicadeza sus dedos en el teclado, Peter. Un poco más allá, pude ver al chico llamado Jake, abrazando la cintura de una muchacha tan guapa como lo había sido Annie. Tenía que hablar con Peter y saber que estaba pasando, que hacía él en un lugar como éste y sobretodo en compañía de un como ése. Me atreví a dar un par de pasos, muchos se me quedaron mirando con rostros indescriptibles. Parecían extrañados, algunos se susurraban al oído lanzándome miradas divertidas. Un chico se acercó a mí, con una amplia y embaucadora sonrisa.
-¿Qué hace una chica como tú en un sitio éste?- me preguntó- toma.
Me tendió su copa de champagne.
-No gracias, no me apetece- le contesté.
-¿Y qué te apetece?- Me agarró con descaro de la cintura y me atrajo hacia él. Me fijé en sus ojos, de un verde tan intenso como impactante. Empecé a marearme, en unos segundos, todo me daba vueltas, solo tenía un pensamiento: seguía pegada a aquel desconocido, con los ojos cerrados. Dentro de mí la sangre hervía, quería más de aquel muchacho. Por un momento pensé dejarme llevar, hasta que me sentí zarandeada con brusquedad y salí de aquel encanto. Abrí los ojos de par en par, lo primero que vi fue el rostro pálido de Jake con una mueca de disgusto, mirándome a los ojos con una luz brillante en aquel océano gris. Moví la cabeza de un lado a otro en un intento de despejar mi cabeza de los pensamientos que habían aflorado en mí, estaba aturdida. El chico del champagne miraba a Jake con una ira intimidante. Los minutos siguientes me parecieron confusos y abstractos. Recuerdo bajar las escaleras en brazos de Jake, con el chico de la amplia sonrisa mostrando una fiera hilera de dientes puntiagudos igual que los de un tiburón, pisándonos los talones y profiriendo gritos ensordecedores que hacían retumbar los cimientos del edificio. La sombra que me había recibido se interpuso delante de nosotros intentando con unas extremidades similares a las de un pulpo, pero completamente negras, atraparnos. Jake los burló con dificultad y consiguió alcanzar la calle. Era incapaz de moverme, me sentía pesada y cansada, solo tenía ganas de cerrar los ojos y dormir. Lo último que recuerdo antes de caer rendida, es una voz suave y firme, la de Jake, que me repetía una y otra vez que no me rindiese.

viernes, 11 de febrero de 2011

capitulo3

Me despejé un poco cuando sentí como la mirada de Annie me quemaba la nuca. Sus dorados rizos abofetearon mis mejillas cuando pasó a mi lado a escasos centímetros, para caer finalmente en los brazos del exótico muchacho. El chico le besó en la mejilla mientras le abrazaba por la cintura. Annie era una de esas chicas despampanantes que cada semana lucían un novio nuevo al igual que un par de zapatos caros. No entendía por qué, pero me irritaba el hecho de que hubiese capturado una presa tan extraña, seguramente con solo unos parpadeos de sus largas y delicadas pestañas o un tintineo de su precioso vestido de lentejuelas moradas.
-¿Porque no coges tu escoba y te largas Sam?-su voz cantarina resonaba como el piar de un molesto pájaro en la madrugada.- ¿No ves que sobras?
Me encogí de hombros y con una mirada desafiante le contesté:
-No, realmente no, la calle es de todos, Barbie.-Sabía que aquel apodo le hería el orgullo a pesar de que estas muñecas eran lo más de la belleza.
Me ignoró, como respuesta obtuve una panorámica completa de cómo se besaban y sobaban delante de mis narices. Decidí ir a buscar a Claire e irme de este sitio que me ponía enferma. Crucé el portón con la intimidatoria mirada del gorila persiguiéndome hasta que desaparecí entre la multitud. No tardé mucho en encontrarla. Donde había dejado la copa, ahora vacía, que me había traído Peter, la vi. Estaba encorvada, con la cabeza agachada apoyada sobre las rodillas, con un chico corpulento a su lado sosteniéndole por los hombros.
-¿quién eres y que haces?- soné bastante dura tal vez por lo irritada que me hacía sentir Annie.
-yo…-parecía asustado- no le conozco, pero la encontré vomitando en el aseo de los chicos y la subí hasta aquí arriba para que pudiera sentarse.- parecía sincero.
Con un suspiro le dije que avisase a un chico rubio llamado Peter, él sabría ocuparse de ella. A decir verdad en otras condiciones habría esperado con ella a que se sintiese mejor, pero me sentía realmente agobiada y no tendría paciencia suficiente para no acabar echándole en cara que me llevase con ella a esta estúpida fiesta.
Tuve suerte, aquellos tortolitos ya habían volado de allí. Atravesé el parque con prisa, quería llegar ya a mi casa, terminar con éste día de locos y, con un poco de suerte, mi madre estaría ya durmiendo, evitando así un interrogatorio exhaustivo. Alcancé mi portal en apenas unos minutos, comprobé la hora en el móvil antes de sacar las llaves. Eran las dos y media de la madrugada. Abrí la puerta del zaguán y súbitamente un viento helado caló mis huesos. Un intenso terror se apoderó de mi al instante sin saber el por qué. Busqué con mi mano el interruptor de la luz, deseando que ésta me demostrase que se trataba de un miedo totalmente irracional el que me sacudía. No lo encontré, cada vez me sentía más frustrada. Desistí en el intento y eché a correr hacia el ascensor, pero cuando llegué ante él sus puertas se abrieron de golpe, dejando correr una ráfaga de aire que me hizo perder el equilibrio. Caí al suelo de rodillas y dirigí mi mirada tan rápida como un láser al ascensor.
La imagen me heló la sangre.
Vi a una forma humana, con dos profundas cuencas negras en lugar de ojos. Una siniestra apertura que tomaba por una boca sin labios, expulsaba un espeso líquido rojizo similar a la sangre pero algo más oscuro. Era tan pálida como un esqueleto. Sus huesos se pronunciaban a través de una fina membrana con numerosos cortes de los cuales brotaba el mismo líquido repulsivo que de su boca. De su cadavérica cabeza caían unos lacios mechones dorados que formaban maltrechos bucles alrededor de sus mejillas. Me fijé en el trapo que envolvía a aquel monstruo, las lentejuelas desconchadas como si fuesen escamas rotas despedían destellos morados a la escasa luz del ascensor. Emitió un leve gruñido semejante graznido de un cuervo antes de caer de bruces contra el pavimento. Retrocedí totalmente impactada hasta que mis hombros dieron con la pared. Jamás había visto algo así y no quería volver a verlo. Cuando creí que aquella criatura de los avernos había muerto, me incorporé tambaleante, con el corazón encogido y latiendo a una velocidad excesiva. Entonces me fijé en el cuerpo contorsionado de aquel ser. Puse los ojos en blanco y las piernas volvieron a fallarme, pero tuve las suficientes bruces de apoyarme en la pared para no caer.
Me pareció que aquella criatura era Annie.
Llevaba en mismo vestido que le había visto en la discoteca, ahora salpicado de aquel líquido espeso y hecho jirones. Los maltrechos bucles lacios eran la ondulante melena rubia que le había golpeado en las mejillas hace apenas media hora. Vi que delante de aquella huesuda mano descansaba un papel roído y manchado, quería cogerlo pero estaba tan paralizada del miedo que ninguna de mis extremidades reaccionaba. El cuerpo desprendía un olor nauseabundo, unos vapores grisáceos se elevaban a través de éste desintegrando la membrana. Unos minutos más tarde, quizá segundos, el cuerpo se había reducido a un trozo de carne del tamaño de una uña que descansaba en el suelo entre volutas de humo. Traté de calmarme y caer en algo racional. Pensé en llamar a la policía pero ¿Quién creería mi historia? Lo único que quedaba del cadáver de Annie era un maltrecho trozo ennegrecido y minúsculo además de unas manchas negruzcas en el suelo que podría ser perfectamente los fluidos intestinales de algún borracho. La última vez que había visto a la chica en condiciones normales era con aquel muchacho misterioso. Seguramente él le habría hecho esto, no había ninguna explicación más lógica, el causante de lo que le había pasado a Annie era él, y solo si le encontraba podría saber que había sucedido ésta macabra noche. Suspire hondo, relajándome lo máximo que la situación podía permitirme. Me agaché y recogí el carcomido trozo de papel. Entré en el ascensor donde aquel olor revolvió mi estómago y me propino una arcada. Me tapé la nariz con el brazo y deseé que nada le hubiese pasado. "¡mi madre!"aquel destelló iluminó cada uno de los rincones de mi insana conciencia ¿Le habría hecho daño aquella endemoniada criatura? La falsa relajación dio paso a la ansiedad. Cuando las puertas del ascensor se abrieron salí disparada como una flecha y tras varios intentos de meter la llave en el bombín lo conseguí, a pesar del temblor y el sudor de mis manos. Encendí la luz de la entrada y cerré con un portazo. Corrí a través del pasillo, una tenue luz bañaba el final, donde se encontraba el salón. Llegué desesperada y jadeando, aferrándome a la esperanza de ver a mi madre.
Y la vi.
Descansaba echa un ovillo en el sofá, con una suave manta de seda azul envolviéndola. La luz de la televisión encendida bañaba su rostro inocente y despreocupado, parecía a ver caído en un sueño profundo. Pero quería asegurarme de que estaba bien. Me arrodillé frente al sofá y la balancee suavemente. Ella se revolvió reacia a despertar, hasta que entreabrió con pesadumbre su ojo derecho ante mi insistencia.
-¿Qué te pasa?- sus palabras eran apenas un susurro inaudible.
-Ya he llegado.- Se me hizo un nudo en la garganta parpadeé varias veces para impedir que las lágrimas corrieran por mis mejillas. Mi madre estaba bien, era lo único que realmente me importaba.
Volvió a cerrar el ojo lentamente y se acurrucó aún más sobre el sofá. Finalmente determiné dejarla descansar en paz y me dirigí a mi habitación aún con los ojos entumecidos.
Me tumbé sobre la cama, con la ropa puesta. Pequeñas gotas negras se dibujaban en el tapiz gris de mi camiseta, lo que me recordaba las terribles imágenes de algo que era real por más que fuese de locos. Recordé entonces el trozo de papel. Lo aferraba con fuerza en mi mano izquierda, me había resistido a dejarlo caer inconscientemente. Lo llevé antes mis ojos y observe que lo que había escrito en el emborronado papel era la dirección de un domicilio: Queen’s Gate número 12. Frente a la vasta y extensa zona del
Hyde Park.
Desperté pegajosa, con un sudor frío recorriéndome la sien. Las pesadillas no me habían abandonado en toda la noche, la imagen de aquella horrible criatura estaba forjada a fuego en mis recuerdos, imposible de borrar. No recordaba en qué momento había caído en brazos de Morfeo, ni si quiera la hora que era, pero a juzgar por el molesto ruido de los coches y la luz que se filtraba a través de las cortinas debía ser mediodía. Me incorporé un poco, algo mareada, tal vez por lo poco que había descansado, y alargué la mano a la mesita de noche para agarrar el reloj-despertador. La una del mediodía. Escuché como mi madre escudriñaba en el armario de las cacerolas, si iba a hacer la comida a estas horas era un claro indicio de que Frederick vendría a comer. Así que, me levante despacio, tenía que ponerme algo más cómodo y echar a lavar esta maldita camiseta gris salpicada de negro. Elegí una cómoda camiseta azul y unos pantalones vaqueros. Mientras me cambiaba pude ver el fragmento de papel tirado en el suelo, con esas elegantes letras que parecía trazadas con delicadeza y precisión igual que una invitación a un festejo. ¡Eso es! No me lo había imaginado ayer noche, cuando lo leí, tal vez estaba demasiado asustada y alterada como para fijarme. Era una invitación, sin hora, solo con el lugar, pero normalmente son de noche ¿Cuándo se ha visto una fiesta privada a plena luz del día? Pero seguía sin saber qué día era. Podría acercarme esta noche, pero la verdad es que estaba bastante lejos para malgastar dinero cogiendo un taxi en caso de que me equivocase. Sin embargo, algo dentro de mí me empujaba, atraída por la idea de conocer la naturaleza de aquel monstruo, así que me decidí por ir.
El timbre de la puerta resonó por todas las esquinas del piso. Mi madre no sabía que me había levantado, así que le avisé antes de encaminarme a abrir la puerta. Cuando lo hice, apareció tras ella la figura inconfundible de Frederick.
-¡Frederick! –Exclamé saltando a sus brazos- ¿Porqué no viniste ayer?
Me devolvió el abrazo con sus fuertes brazos, a pesar de lo poco hinchados que estaban.
-Tenía una comida bastante importante con la empresa, toda la directiva estaba presente.- Su voz hizo que me olvidase de todo lo vivido, era como una buena jarra de agua fría en un desierto.- yo no iba a ser menos.
-Frederick, iba a hacer estofado y revuelto de verduras ¿te apetece?- mi madre se hizo presente con una amplia sonrisa en los labios. Iba en delantal y agitaba una espátula de cocina con energía en el aire, describiendo círculos irregulares.
-Claro ¿Cómo te fue ayer? ¿Algo nuevo?
Nos dirigimos los tres a la cocina, Frederick ponía el toque de humor y mi madre reía como una cría, despreocupada. Yo por mi parte, intercalaba la mirada entre éstos y reía de vez en cuando. Era una de esas pocas veces que podía ver lo que la gente decía que era una familia, yo nunca la había tenido una, pero me jugaría el cuello a que esto era lo más parecido que podía tener. Observé a Frederick con detenimiento, se había cortado el pelo, ya no eran esos mechones cobrizos que le descansaban sobre los hombros, ahora lo llevaba algo más corto. Tenía las gafas mal puestas, como siempre, más caídas de lo que debería, justo por encima del caballete de su nariz. Sus ojos pardos no se despegaban ni un segundo de mi madre, que iba de aquí para allá con los trastos de cocina. Deseé por un momento, que mi padre hubiese sido él, todo sería mucho mejor.
Después de comer nos fuimos todos al sofá, echarían una de esas películas típicas de sobremesa que mi madre quería ver. Yo descansaba en el pecho de Frederick, que me pasó el brazo por detrás cogiéndome del hombro. Me sentía realmente bien, parece que la pesadilla de anoche había transformado el día en algo maravilloso, como el gusano que pasa a ser mariposa. Pero me duró bastante poco, el móvil comenzó a sonar, leí Claire en la tapa. Me levanté de un salto, no había pensado en Claire desde que la dejé allí tirada, tal vez estaría enfadada conmigo, y tendría razón para hacerlo.
-Hola Claire ¿Te encuentras bien?- intenté aparentar inflexible, pero creo que fallé.
- Bueno, tengo una resaca de caballo, pero valió la pena. Gracias por haber enviado a Peter a cuidarme.- No me esperaba esa reacción en absoluto.
-¿Qué pasó cuando me fui?
-Bueno… no lo recuero muy bien pero creo que un chico llamó a Peter, dijo que te diera las gracias, que tu le dijiste que lo buscara. Peter me llevó fuera para que tomase el aire y pudiese despejarme un poco, pero creo que no sirvió de nada, le vomité encima de sus zapatos de charol-le tembló la voz, parecía realmente arrepentida y ruborizada- No he tenido oportunidad de hablar con él, me acompañó en el taxi de vuelta a casa y luego se fue. Le he llamado unas cinco veces al móvil, pero no me contesta ¿y si esta cabreado conmigo? ¿Puedes intentar contactar tú con él y me dices?
-Tranquila Claire, lo haré.- no sabía muy bien si lo hacía por mí o por ella. – Tal vez le llamé esta noche, y si no, mañana ¿de acuerdo?
-Por favor hazlo cuanto antes- arrastró la súplica con un hilo de voz.- y gracias de verdad, no sé qué haría sin ti. Apunta, te daré su número.
Cogí el papel de la invitación y escribí por detrás su número. Antes de que pudiese decir nada Claire colgó. Me quedé mirando el número unos segundos antes de volver a los brazos de Frederick y a la calidez de mi madre.
Pasé así un par de horas, pegando cabezadas sobre Frederick entre la vigilia y el mundo de los sueños. Hasta que finalmente me dormí.
Arrastraba la cola un largo vestido azul marino, miré a mí alrededor como la sala de cristal reflejaba los destellos de maravillosas sonrisas de los presentes, que bailan bien agarrados a sus parejas una dulce melodía. En el centro, la fuente del mismo material recortaba una forma delicada de una sirena cepillándose el cabello, por donde discurría el agua cristalina en forma de ondas suaves. Me senté con delicadeza en una silla acolchada y majestuosa .Y entonces, vi como Peter enfundado en un precioso traje con una corbata del mismo color que mi vestido me tendía su mano .Le seguí y nos fundimos en una danza lenta, viendo como todos se apartaban a nuestro paso y se desvanecían como el humo. Cuando miré a Peter a la cara, se había transformado totalmente. Estaba bailando con el asesino de Annie. Sentí como me oprimía le cintura con una fuerza sobrenatural, me estaba ahogando. Cuando creí que mi último aliento se escapaba de mi boca alguien me zarandeó y me alejó de los brazos del asesino…
-¡Sam despierta! Es la hora de cenar.- la voz de mi madre me perforo el cerebro como una taladradora.

<> me dije con dureza. Miré la hora en el reloj de pared, las ocho y media y todavía tenía la intención de ir a Hyde Park. Así que me arregle ante la mirada inquisidora de mi madre y de Frederick.
-¿A dónde vas?- Frederick parecía extrañamente nervioso.
-He quedado con Claire para ir a casa de Peter.
Los ojos de mi madre brillaron igual que los de un gato a punto de capturar a un ratón.
-¿Quién es Peter?-preguntó.
-Un compañero de clase.- y eso era todo cuanto era en realidad.
Mi madre le dirigió a Frederick una mirada de cómplice. Por suerte, comenzamos a cenar, con las habituales bromas de Frederick condimentando la comida.
No tardé mucho en terminar, cogí algunas cosas, entre otras mi cartera con dinero para el Taxi y recorrí el zaguán como una flecha a pesar de que aún con su iluminación artificial me estremecía por dentro.


capitulo 2




Apenas un par de minutos más tarde una silueta recortada de insinuantes curvas giró la esquina. Era Claire, con un cortísimo vestido, palabra de honor, de cuero negro. Se había recogido sus largos cabellos en una coleta alta muy recatada, algo bastante poco común en ella. Parecía mucho más mayor con ese escote, ese peinado y esos tacones por no hablar de sus quilos maquillaje. Estaba realmente guapa, pero no era ella. Al verme, sus labios se volvieron una diminuta línea, como si estuviese disgustada, y así era.
-¿Cuál es tu concepto de ir arreglada Sam? Creía que por primera vez podría verte con un bonito vestido o unos tacones. Como no te dejen entrar terminaré con tu existencia.- Bromeó.
Una tímida sonrisa cruzó por mi rostro. Sabía que haría algún comentario sobre mi vestuario, así que ya tenía una respuesta preparada.
-El día de tu boda con Peter me vestirás tú ¿vale? Hasta entonces nada
Ella enrojeció súbitamente, desvió la mirada y echó a andar, la seguí.
No tardamos mucho en llegar al parque donde prácticamente todos mis compañeros ya estaban aburridos de esperar, pero lo cierto es que todavía no era la hora. Claire tiro de mí cogiéndome del brazo y me arrastró hasta donde Peter charlaba con el estúpido de Carl.
-Hola Peter- dijo ella interrumpiendo la conversación- ¿lleváis mucho esperando?
-No- su pelo aleonado brilló a la luz del farolillo cuando éste se giró hacia Claire. Ésta suspiro nerviosa, sin saber muy bien que decir, le seguí la conversación haciéndole un favor.
-¿Falta alguien más?- pregunté.
-No- sus ojos se clavaron en mí como cuchillas, parecía estar sorprendido de que abriera la boca-Esperábamos a Claire, no pensaba que ibas a venir Sam.
-No habría venido, dale las gracias a esta cabra loca- desvié la mirada hacia Claire para que el chico se fijase en ella, pero no la apartó de mí, parecía entretenido, como si mirándome pudiese hurgar en mis pensamientos.
Alguien anunció a los demás que ya habíamos llegado y podíamos irnos, solo entonces desvió la mirada al gentío que avanzaba como ovejas.
Para mi desgracia, el gorila me dejó pasar junto con Claire, no se molestó en pedirnos el carnet. El ambiente estaba cargado allí dentro, luces de neón de los colores del arcoíris se movían de un lado para otro y la luz se intercalaba. Estaba bastante lleno, docenas de adolescentes se amontonaban en la pista de baile con copas en la mano y restregándose a cualquiera del sexo opuesto, resultaba una visión bastante denigrante y fastidiosa, pero sabía con lo que me toparía cuando me decidí a venir. Claire desapareció enseguida entre la multitud y yo, sola, decidí sentarme en un sofá blanco al lado de la pista. No me di cuenta de que Peter venía cargado con dos copas, hasta que me hundí y me desequilibré en el sofá cuando él se sentó a mi lado. Con una sonrisa arrastró con la mano una de las copas que contenían una extraña bebida rojiza, como la sangre.
-Se llama piruleta -dijo-tranquila, no es para nada fuerte.
Sostuve la copa entre mis manos, notando el frió que emanaba
-Gracias, no tenías por qué.- me limité a decirle. ¿Dónde estaría Claire ahora mismo? Es extraño que no estuviese con Peter.
-¿Porqué no bailas?-parecía empeñado en sacarme conversación-¿no te gusta este sitio?
-No, lo cierto es que no, vine para acompañar a Claire.
El chico bebió un sorbo de su copa y miró al frente, viendo a aquella gente bailar, si es que se podría decir así. Sonrió misteriosamente y se levantó de una salto, tendiéndome la mano aún con aquella sonrisa.
-vamos, baila.- me desconcertó por completo, no sabía que decir. Finalmente le tendí la mano y me levantó con fuerza cogiéndome justo a tiempo cuando choqué contra él. Era cálido y agradable, desprendía un dulce aroma que no sabría identificar con nada, simplemente era maravilloso. Solo es roce de sus brazos hizo que mi sangre hirviera como una olla apunto de desbordarse. No me atreví a mirarle, estaba clavada en el suelo muerta de vergüenza. Seguramente mi cara estaría realmente enrojecida. No entiendo como no le prendí fuego a su camisa negra de la alta temperatura que había alcanzado. Resultaba realmente hipnotizante y embriagador estar tan cerca de Peter. Antes de que pudiese decir nada, saltó hacia atrás como un gato, parecía ruborizado.
Me arrastró a la pista de baile donde distinguí a Claire moviendo la cabeza de un lado a otro con creciente intensidad, parecía preocupada.
-¿Sabes? Creo que hay otra persona a la que le gustaría mucho más que yo que le concedieras un baile.- Las palabras se me escaparon como balas de escopeta. No habría estado mal bailar con aquel encantador chico parecido a un príncipe de cuentos infantiles, pero no podía hacerle algo así a Claire, Así que me deshice de su mano y me perdí entre la multitud, hacia la salida. Necesitaba tomar un poco el aire. Salí a trompicones, empujando a la gente que obstruía la salida. Hasta que finalmente salí al parque donde tomé una bocanada de aire fresco. Me Apoyé en la pared grisácea del local y solté todo el aire que mis pulmones rechazaban. Me quedé fija mirando al suelo digiriendo lo ocurrido. El chico que volvía loca a las estudiantes me había invitado a un baile. Si, no significaba gran cosa, pero lo había hecho y que yo supiera, por lo general, nunca se acercaba a las chicas, al contrario, las repelía. Solo cuando ellas se acercaban a él intercambiaba alguna palabra o simplemente les dedicaba una de sus encantadoras sonrisas.
Escuché un sonido metálico a un par de metros de mí que me devolvió a la realidad. Dirigí la mirada hacia donde me pareció oír el ruido y vi a un muchacho, más o menos de mi edad que se encendía un cigarrillo con el mechero. "eso era, el mechero" caí. Lo observe con detenimiento mientras dejaba caer mi pelo a modo de cortina, en un burdo intento de ocultar mis ojos. El chico vestía completamente de negro. Llevaba una camisa por fuera de unos pantalones entubados que se perdían en el interior de unas toscas botas militares. Resultaba curioso, Los mechones de pelo oscuro le caían sobre la frente, casi cubriendo sus ojos. Miraba al infinito, absorto de todo, mientras le daba caladas a su cigarrillo con toda tranquilidad. Pareció darse cuenta de mi descaro, a pesar de mi cabello. Volvió la cabeza con brusquedad hacia mí, me quedé paralizada. Sus ojos eran inflexibles esquirlas grises que parecían quemarme del mismo modo que el hielo. Retrocedí sobre mi misma pero el chico curvó sus labios en una media sonrisa quitándome algo de aquella terrible sensación que se había apoderado de mí. Tendió una pequeña cajetilla negra, con los trazos de un demonio rojo sosteniendo un tridente, a la derecha de unas letras blancas y curvadas donde pude leer Black devil
-No gracias, no fumo- le conteste con un hilo de voz.
-Que manera más estúpida de no aprovechar la vida.-Su voz eran tan gélida como sus ojos, autoritaria y firme, pero realmente embaucadora.
Le dediqué una amplia sonrisa socarrona. Se revolvió un poco, guardando el paquete de tabaco en el bolsillo del pantalón. Ante la escasa luz pude ver una piel pálida y tersa, como un pulido trozo de mármol blanco que se curvaba con suavidad dando paso a unos pómulos marcados.

Capitulo 1

Sonó la sirena marcando el final de la jornada, empezaban esas ansiadas vacaciones que tanto había esperado y que me había ganado después de enseñarles a mis padres un impoluto boletín de notas sin un solo suspenso. Todo el mundo parecía alterado, con brillante sonrisas de triunfo mientras recogían las escasas pertenencias dispuestos a salir y ser libres durante los tres meses de verano. Me llevé la mochila al hombro y esquive a la multitud que se arremolinaba en la salida. Justo cuando iba a cruzar el umbral, Claire, mi mejor amiga me agarró con fuerza del brazo y tiró de mi hacia dentro de la clase, parecía disgustada conmigo pero en su radiante rostro lucía su sonrisa infantil.
-¿A dónde crees que vas? ¡Anunciarán a toda la clase lo de esta noche!
me mordí el labio reprimiendo las ganas de soltarle un bufido y deshacerme de ella. Ya le había dicho que las estúpidas fiestas de fin de curso de clase no eran para mí, este año habían preparado la marcha a un pub llamado De la vallé, un local de ambiente futurista donde la gran parte de los menores entraban o porque lucían unos exagerados tacones de aguja y un gran escote o porque eran conocidos de los gorilas que vigilaban la entrada. Pero le prometí a Claire que le acompañaría aunque fuese una hora, sería un caso perdido, pero era mi mejor amiga al fin y al cabo y haría el enorme esfuerzo de ir a aquel mar de hormonas por ella.
Peter, el portavoz de mi clase carraspeó bien alto y un silencio colmado con susurros se hizo de inmediato. Era uno de esos chicos populares por su amabilidad y por su físico dotado con una capacidad sorprendente para conquistar con una sola mirada de sus ojos claros a las recién llegadas del colegio y a las no tan recientes.
-Escuchadme, solo será un momento.- comenzó con el discurso.- Todos sabéis que esta noche celebraremos el final de curso en el pub De la vallé. A ser posible, y para evitar riesgos de que alguno se quede fuera, arreglaros un poco. A las diez en punto en el parque BatterSea, para más exactitud en la puerta de la galería Pump House. Y por favor, no lleguéis tarde o más de uno se llevará una sorpresa.-Guiñó un ojo a su público y con una centelleante sonrisa terminó su discurso. La clase estalló en palabras de emoción y carcajadas nerviosas como si fuese el gran premio de recompensa del curso. Miré de reojo a Claire que observaba con detenimiento cada uno de los pasos de Peter. A Claire siempre le había gustado ese rubiales de ojos claros desde que entró con ella al instituto en primero de la eso, cuando yo todavía no vivía aquí, en Londres, nunca se había atrevido a mantener una conversación decente con él, cada vez que se acercaba se erizaba igual que un gato y parecía que le hubiesen arrancado la lengua. Parecía que el chico tenía un efecto similar sobre las demás que no trataba de entender, tal vez porque hace apenas unos meses que he establecido un contacto, aun que mínimo, con él.
Quería irme ya a casa y llegar cuanto antes, así que le propine un suave codazo para que saliera de su mundo de fantasía.
-Nos vemos esta noche ¿vale Sam?-seguía sin despegar la vista de Peter, pero al menos había captado mi presencia.
-Si, a las diez menos cuarto en mi casa.
Me irritaba tanto el sentirme ignorada que me deslicé como una serpiente por el umbral sin que le diera tiempo a contestarme.
No tardé mucho en llegar a casa, apenas un cuarto de hora. Mi madre había dejado en la nevera una nota anunciando que llegaría un poco más tarde del trabajo por lo tanto comeríamos más tarde, así que me fui a mi habitación a rebuscar entre el armario algo que me sirviera para esta noche. No encontré ningún vestido que no fuese de hace años, ni ninguna falda con el suficiente glamour para un lugar como aquel. Después de unos veinte minutos hurgando en el armario me di por vencida, si me dejaban fuera me harían un favor. Claire no se podía quejar, al menos le había acompañado hasta la puerta. Así que me decanté por una camiseta gris de tirantes que me llegaba más allá de la cintura y unos leggins negros. Escuché las llaves girar en el bombín de la puerta, mi madre había regresado.

-¿Sam? ¿Estás ahí?- mi madre asomó la cabeza por la puerta y pestañeó unos segundos aturdida, la habitación estaba llena de trapos por el suelo y encima de la cama, un desastre.- ¿qué estás haciendo?
-mamá esta noche, iré con Claire y mis compañeros de clase a un pub.
-A ti no te gustan esos sitios.- me lanzó una mirada de curiosidad y con grandes zancadas llegó a mi cama y sentó.- no irá algún chico que te gusta ¿verdad?
-No ha nacido chico que me llamé la atención a mi Sam Gallaher- la verdad es que estas situaciones siempre me habían divertido.
-Seguro…- mi madre se levantó de un salto.- Bueno, voy a hacer la comida, debes estar hambrienta.- Salió disparada de la habitación tan rápido como había entrado.
Aparté la ropa de la cama tirándola al suelo y me tumbé boca arriba mirando a las fosforescentes estrellas que tenía pegadas en el techo. Era cierto que nunca me había gustado nadie, ni si quiera Peter al que gran parte del instituto adoraba. Tampoco me había criado en un ambiente que me demostrase el amor desde el punto de vista de una pareja feliz, mi padre, si podía llamar así a un completo desconocido, abandonó a mi madre cuando le dejó embarazada. Pienso que ese puede ser uno de los motivos por los que repelía a los hombres y las relaciones, porque no quería seguir los pasos de mi madre, no es que me avergonzara de ella ni mucho menos, pero sabía que lo había pasado realmente mal y el dolor no es plato de gusto para nadie además no era chica de muchas palabras así que la timidez me ganaba el pulso casi siempre.
Estuve un buen rato inmóvil, con docenas de pensamientos absurdos rondándome la cabeza hasta que un olor intenso a comida removió mis tripas. Me levante de un salto, despejándome y lista para comer de una vez por todas.
-¿Qué hay de comer?- imité a mi madre asomándome con curiosidad por la puerta.
-Espaguettis ¿Te apetece?
-Ahora mismo me apetece lo que sea, tengo muchísima hambre- entré en la cocina y me senté una de las sillas que rodeaban la mesa donde mi madre sirvió una ensalada de tomate y atún.-¿Dónde está Frederick?¿No viene hoy?
Me pareció ver en los ojos de mi madre una vacilación, como si una llama tintineara inquieta dentro de sus ojos del más puro ámbar, los cuales había heredado. Frederick era por así decirlo, mi padrastro, un hombre atento que siempre cuidaba de mi madre y de mi como si fuésemos su única familia, se dedicaba a nosotras en cuerpo y alma, siempre con una sonrisa feliz en sus labios, pero mi madre nunca había querido a nadie como mi padre y veía injusto mantener una relación con un hombre tan amable y honrado engañando sus sentimientos, así que simplemente era el amigo especial de mi madre que, yo personalmente, siempre le había otorgado la figura de mi padre desaparecido. Casi siempre nos acompañaba a comer y cenar por lo que me pareció extraña su ausencia.
-No puede venir, tiene una comida de empresa.- su voz bailaba igual que el aleteo de las mariposas, me estaba engañando, la conocía. Pero no me atreví a preguntar, si no me lo quería decir tenía derecho a no hacerlo. Comimos con un silencio sepulcral, solo los vociferantes colaboradores de un programa de cotilleos lo rompían, normalmente era Frederick quien animaba las comidas excepto en algún caso especial en la que alguna de las dos venía con una divertida anécdota. La comida fue tan monótona que el cansancio se apoderó de mí, así que tras recoger y ayudar a mi madre a limpiar un poco, me tumbé en la cama y me dormí.
Me desperté ya prácticamente de noche, miré el despertador y eran las ocho y media, dentro de una hora y cuarto Claire pasaría por aquí, así que más me valía arreglarme si no quería hacerla esperar. Me metí en la ducha y después me vestí con lo que había escogido. Me miré al espejo de cuerpo entero que descansaba en el baño. Estaba bastante delgada y mis angulosos pómulos destacaban en mi cara por donde caían mechones castaños por doquier. Había cambiado mucho éste último año. Cuando Frederick, mi madre y yo nos mudamos aquí pasé una mala temporada en la que no digería bien las comidas y esto me causaba tirarlo todo por donde había entrado. Mi madre me llevó a un médico bastante recomendado en esta ciudad y a base de pastillas y pinchazos mi estómago se acostumbró al cambio, no sin antes haber dejado huella en mí, dejándome prácticamente como una escoba. Pero poco a poco volvía a ganar peso, todavía no estaba como antes pero algo avanzaba.
Cuando acabé de arreglarme eran las nueve menos veinticinco. Eché un vistazo buscando a mi madre, que descansaba tumbada sobre el sofá de terciopelo rojo del salón pasando canales con el mando a distancia en la mano.
-Izzy, quiero decir mamá-No le gustaba que le llamase por su nombre.- Me marchó ya. No me esperes despierta, aunque no creo que vuelva muy tarde.
-Vale, ten cuidado.- parecía realmente aburrida, parece ser que Frederick tampoco vendría a cenar.
Me calcé unas converse grises y cerré la puerta de la entrada tras de mí. Cogí el ascensor y en un abrir de ojos ya estaba fuera del bloque de edificios. El aire era cálido pero no lo suficiente como para pasar calor, era una temperatura realmente agradable en contraste con el sofocante calor de esta mañana. Miré a ambos lados, buscando la esbelta figura de Claire pero no vi a nadie, absolutamente a nadie, algo bastante poco común un viernes por la noche en la concurrida calle de Petworth. Parecía que hoy todo se había vuelto del revés.