Sonó la sirena marcando el final de la jornada, empezaban esas ansiadas vacaciones que tanto había esperado y que me había ganado después de enseñarles a mis padres un impoluto boletín de notas sin un solo suspenso. Todo el mundo parecía alterado, con brillante sonrisas de triunfo mientras recogían las escasas pertenencias dispuestos a salir y ser libres durante los tres meses de verano. Me llevé la mochila al hombro y esquive a la multitud que se arremolinaba en la salida. Justo cuando iba a cruzar el umbral, Claire, mi mejor amiga me agarró con fuerza del brazo y tiró de mi hacia dentro de la clase, parecía disgustada conmigo pero en su radiante rostro lucía su sonrisa infantil.
-¿A dónde crees que vas? ¡Anunciarán a toda la clase lo de esta noche!
me mordí el labio reprimiendo las ganas de soltarle un bufido y deshacerme de ella. Ya le había dicho que las estúpidas fiestas de fin de curso de clase no eran para mí, este año habían preparado la marcha a un pub llamado De la vallé, un local de ambiente futurista donde la gran parte de los menores entraban o porque lucían unos exagerados tacones de aguja y un gran escote o porque eran conocidos de los gorilas que vigilaban la entrada. Pero le prometí a Claire que le acompañaría aunque fuese una hora, sería un caso perdido, pero era mi mejor amiga al fin y al cabo y haría el enorme esfuerzo de ir a aquel mar de hormonas por ella.
Peter, el portavoz de mi clase carraspeó bien alto y un silencio colmado con susurros se hizo de inmediato. Era uno de esos chicos populares por su amabilidad y por su físico dotado con una capacidad sorprendente para conquistar con una sola mirada de sus ojos claros a las recién llegadas del colegio y a las no tan recientes.
-Escuchadme, solo será un momento.- comenzó con el discurso.- Todos sabéis que esta noche celebraremos el final de curso en el pub De la vallé. A ser posible, y para evitar riesgos de que alguno se quede fuera, arreglaros un poco. A las diez en punto en el parque BatterSea, para más exactitud en la puerta de la galería Pump House. Y por favor, no lleguéis tarde o más de uno se llevará una sorpresa.-Guiñó un ojo a su público y con una centelleante sonrisa terminó su discurso. La clase estalló en palabras de emoción y carcajadas nerviosas como si fuese el gran premio de recompensa del curso. Miré de reojo a Claire que observaba con detenimiento cada uno de los pasos de Peter. A Claire siempre le había gustado ese rubiales de ojos claros desde que entró con ella al instituto en primero de la eso, cuando yo todavía no vivía aquí, en Londres, nunca se había atrevido a mantener una conversación decente con él, cada vez que se acercaba se erizaba igual que un gato y parecía que le hubiesen arrancado la lengua. Parecía que el chico tenía un efecto similar sobre las demás que no trataba de entender, tal vez porque hace apenas unos meses que he establecido un contacto, aun que mínimo, con él.
Quería irme ya a casa y llegar cuanto antes, así que le propine un suave codazo para que saliera de su mundo de fantasía.
-Nos vemos esta noche ¿vale Sam?-seguía sin despegar la vista de Peter, pero al menos había captado mi presencia.
-Si, a las diez menos cuarto en mi casa.
Me irritaba tanto el sentirme ignorada que me deslicé como una serpiente por el umbral sin que le diera tiempo a contestarme.
No tardé mucho en llegar a casa, apenas un cuarto de hora. Mi madre había dejado en la nevera una nota anunciando que llegaría un poco más tarde del trabajo por lo tanto comeríamos más tarde, así que me fui a mi habitación a rebuscar entre el armario algo que me sirviera para esta noche. No encontré ningún vestido que no fuese de hace años, ni ninguna falda con el suficiente glamour para un lugar como aquel. Después de unos veinte minutos hurgando en el armario me di por vencida, si me dejaban fuera me harían un favor. Claire no se podía quejar, al menos le había acompañado hasta la puerta. Así que me decanté por una camiseta gris de tirantes que me llegaba más allá de la cintura y unos leggins negros. Escuché las llaves girar en el bombín de la puerta, mi madre había regresado.
-mamá esta noche, iré con Claire y mis compañeros de clase a un pub.
-A ti no te gustan esos sitios.- me lanzó una mirada de curiosidad y con grandes zancadas llegó a mi cama y sentó.- no irá algún chico que te gusta ¿verdad?
-No ha nacido chico que me llamé la atención a mi Sam Gallaher- la verdad es que estas situaciones siempre me habían divertido.
-Seguro…- mi madre se levantó de un salto.- Bueno, voy a hacer la comida, debes estar hambrienta.- Salió disparada de la habitación tan rápido como había entrado.
Aparté la ropa de la cama tirándola al suelo y me tumbé boca arriba mirando a las fosforescentes estrellas que tenía pegadas en el techo. Era cierto que nunca me había gustado nadie, ni si quiera Peter al que gran parte del instituto adoraba. Tampoco me había criado en un ambiente que me demostrase el amor desde el punto de vista de una pareja feliz, mi padre, si podía llamar así a un completo desconocido, abandonó a mi madre cuando le dejó embarazada. Pienso que ese puede ser uno de los motivos por los que repelía a los hombres y las relaciones, porque no quería seguir los pasos de mi madre, no es que me avergonzara de ella ni mucho menos, pero sabía que lo había pasado realmente mal y el dolor no es plato de gusto para nadie además no era chica de muchas palabras así que la timidez me ganaba el pulso casi siempre.
Estuve un buen rato inmóvil, con docenas de pensamientos absurdos rondándome la cabeza hasta que un olor intenso a comida removió mis tripas. Me levante de un salto, despejándome y lista para comer de una vez por todas.
-¿Qué hay de comer?- imité a mi madre asomándome con curiosidad por la puerta.
-Espaguettis ¿Te apetece?
-Ahora mismo me apetece lo que sea, tengo muchísima hambre- entré en la cocina y me senté una de las sillas que rodeaban la mesa donde mi madre sirvió una ensalada de tomate y atún.-¿Dónde está Frederick?¿No viene hoy?
Me pareció ver en los ojos de mi madre una vacilación, como si una llama tintineara inquieta dentro de sus ojos del más puro ámbar, los cuales había heredado. Frederick era por así decirlo, mi padrastro, un hombre atento que siempre cuidaba de mi madre y de mi como si fuésemos su única familia, se dedicaba a nosotras en cuerpo y alma, siempre con una sonrisa feliz en sus labios, pero mi madre nunca había querido a nadie como mi padre y veía injusto mantener una relación con un hombre tan amable y honrado engañando sus sentimientos, así que simplemente era el amigo especial de mi madre que, yo personalmente, siempre le había otorgado la figura de mi padre desaparecido. Casi siempre nos acompañaba a comer y cenar por lo que me pareció extraña su ausencia.
-No puede venir, tiene una comida de empresa.- su voz bailaba igual que el aleteo de las mariposas, me estaba engañando, la conocía. Pero no me atreví a preguntar, si no me lo quería decir tenía derecho a no hacerlo. Comimos con un silencio sepulcral, solo los vociferantes colaboradores de un programa de cotilleos lo rompían, normalmente era Frederick quien animaba las comidas excepto en algún caso especial en la que alguna de las dos venía con una divertida anécdota. La comida fue tan monótona que el cansancio se apoderó de mí, así que tras recoger y ayudar a mi madre a limpiar un poco, me tumbé en la cama y me dormí.
Me desperté ya prácticamente de noche, miré el despertador y eran las ocho y media, dentro de una hora y cuarto Claire pasaría por aquí, así que más me valía arreglarme si no quería hacerla esperar. Me metí en la ducha y después me vestí con lo que había escogido. Me miré al espejo de cuerpo entero que descansaba en el baño. Estaba bastante delgada y mis angulosos pómulos destacaban en mi cara por donde caían mechones castaños por doquier. Había cambiado mucho éste último año. Cuando Frederick, mi madre y yo nos mudamos aquí pasé una mala temporada en la que no digería bien las comidas y esto me causaba tirarlo todo por donde había entrado. Mi madre me llevó a un médico bastante recomendado en esta ciudad y a base de pastillas y pinchazos mi estómago se acostumbró al cambio, no sin antes haber dejado huella en mí, dejándome prácticamente como una escoba. Pero poco a poco volvía a ganar peso, todavía no estaba como antes pero algo avanzaba.
Cuando acabé de arreglarme eran las nueve menos veinticinco. Eché un vistazo buscando a mi madre, que descansaba tumbada sobre el sofá de terciopelo rojo del salón pasando canales con el mando a distancia en la mano.
-Izzy, quiero decir mamá-No le gustaba que le llamase por su nombre.- Me marchó ya. No me esperes despierta, aunque no creo que vuelva muy tarde.
-Vale, ten cuidado.- parecía realmente aburrida, parece ser que Frederick tampoco vendría a cenar.
Me calcé unas converse grises y cerré la puerta de la entrada tras de mí. Cogí el ascensor y en un abrir de ojos ya estaba fuera del bloque de edificios. El aire era cálido pero no lo suficiente como para pasar calor, era una temperatura realmente agradable en contraste con el sofocante calor de esta mañana. Miré a ambos lados, buscando la esbelta figura de Claire pero no vi a nadie, absolutamente a nadie, algo bastante poco común un viernes por la noche en la concurrida calle de Petworth. Parecía que hoy todo se había vuelto del revés.
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