Sam

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domingo, 13 de febrero de 2011

Capitulo 4

Cogí el primer taxi que se me presentó, pasé todo el trayecto escuchando una horrible balada country que hería a mis oídos. Agradecí llegar en poco más de diez minutos a Queen’s gate. El aire era extrañamente frío y cargado, igual que el que me sacudió al entrar en mi zaguán anoche, antes de toparme con la criatura por la que ahora estaba aquí. Tal vez esto fue el condicionante que me hizo pensar que iba en la dirección correcta. Seguí aquella atmosfera hasta que era aplastante, presionaba mis músculos, sumiéndome en una continua tensión, divisé entonces en una zona poco iluminada, prácticamente dentro de los terrenos de Hyde Park, un edificio que habría dado por abandonado si no mostrase en un portal de ventanas rotas un número doce oxidado y con el dos al revés. Era un edificio destrozado, pero algo llamó mi atención: todas las ventanas estaban en perfectas condiciones (excepto las del portal), tintadas de un color oscuro que me impedía ver el interior. Escuché unos pasos acelerados a mis espaldas, me abalancé detrás de un árbol, tenía demasiado miedo de que alguien hiciese conmigo lo que aquel chico hizo con Annie, así que me limité a observar.
Y allí estaba Peter, junto al asesino de Annie.
Se me revolvió el estómago, un nudo en la garganta que dificultaba respirar y notaba el latido de mi acelerado corazón golpeándome con fuerza en la sien. ¿Acaso se conocían? La rabia que sentía por la posibilidad de que Peter hubiese dejado morir a Annie en manos de aquel muchacho me consumía por dentro, como si una llama estuviese abrasando mi interior sin poder menguarla hasta que no supiese la verdad. Resultaba increíble ver la vitalidad que desprendía Peter en contraste con lo tétrico que el asesino aparentaba ser. Caminaban el uno junto al otro en dirección al edificio en ruinas manteniendo al parecer, por los gestos que describían sus manos, una dinámica conversación.
Me sentía engañada.
Los vi desaparecer a través de los cristales rotos, sin saber qué hacer. Creía que Peter era una persona amable y gentil, incapaz de hacer daño a nadie y esperaba con todas mis fuerzas que así fuese, que él no fuese cómplice del asesinato. Me obligué a mi misma a no juzgarle y no hacerlo me llevó a pensar lo peor: Es posible que se tratase de un asesino enserie y Peter sea su próxima víctima.
No podía permitirlo, de ninguna manera, esta posibilidad era la peor de todas y en cierto sentido la más probable conociendo, no mucho pero lo suficiente, a el dulce Peter. Actué de inmediato, sin pensar en ningún plan, me retrasaría y el tiempo ahora mismo corría en mi contra. Eché a correr lo más silenciosamente que pude y me deslicé a través del hueco entre las puertas entrecerradas. Observé a mi alrededor, Todo estaba oscuro, solo un pequeño haz de luz se dibujaba pisos arriba. Subí por aquellas polvorientas escaleras que crujían sin remedio en contacto con mi peso, adiós al ser sigilosa. A medida que ascendía la luz era más intensa y podía ver los portones comidos probablemente por toda una variedad de roedores y termitas, de los antiguos pisos que alguna vez fueron habitados. La barandilla era de un extraño color dorado, tal vez bañada en oro, pero ahora se presentaba sucia y con una gruesa capa de polvo encima. Pronto escuché la notas de un piano bailar en el silencio, y el murmullo de al menos una docena de personas. Me paralizó el terror, jamás podría enfrentarme a doce personas o incluso más.
Una sombra bajó con una rapidez sobrehumana por las escaleras, no me dio tiempo a reaccionar. Me encontré cara a cara con un bulto enorme, como los gorilas que había visto en de la vallé.
-¿Vienes sola?- Su voz me pareció igual que el siseo de una serpiente.
Con el hilo de voz que el nudo de la garganta dejó escapar, tragué saliva y contesté.
-No-mentí- vengo con Peter y…-No sabía el nombre del asesino.
-¿Jake?- completó la sombra- Que extraño…humanos..., a no ser que…- me pareció ver una sonrisa siniestra entre la oscuridad- Adelante, pasa pequeña…
Se apartó sin hacer el más mínimo ruido, parecía flotar sobre el suelo. Lo vi desaparecer entre unas agitadas convulsiones que sufría su cuerpo, se fundió con la oscuridad.
Jake, ese era su nombre, tenía un dato más. Me pareció extraño que se dirigiese a mí como “humano” ¿acaso él no lo era? Pero no tenía tiempo para reflexionar con tonterías, la vida de Peter podía estar en juego. Un piso más y llegaría a mi destino. La imagen me dejó anonadada. Ante mi se hallaba un enorme salón, con una iluminación del más puro blanco y tan lujosa que me recordaba a los palacetes de los cuentos. Había más de una docena de personas, vestidas de etiquetas y con copas de Champagne en la mano. Esto era totalmente surrealista, algo tan bello en algo tan horrible como un edificio hecho pedazos. Seguí recorriendo la estancia con la mirada, las notas del piano me hicieron buscarlo, y vi a un chico de cabellos dorados sentado en el taburete deslizando con delicadeza sus dedos en el teclado, Peter. Un poco más allá, pude ver al chico llamado Jake, abrazando la cintura de una muchacha tan guapa como lo había sido Annie. Tenía que hablar con Peter y saber que estaba pasando, que hacía él en un lugar como éste y sobretodo en compañía de un como ése. Me atreví a dar un par de pasos, muchos se me quedaron mirando con rostros indescriptibles. Parecían extrañados, algunos se susurraban al oído lanzándome miradas divertidas. Un chico se acercó a mí, con una amplia y embaucadora sonrisa.
-¿Qué hace una chica como tú en un sitio éste?- me preguntó- toma.
Me tendió su copa de champagne.
-No gracias, no me apetece- le contesté.
-¿Y qué te apetece?- Me agarró con descaro de la cintura y me atrajo hacia él. Me fijé en sus ojos, de un verde tan intenso como impactante. Empecé a marearme, en unos segundos, todo me daba vueltas, solo tenía un pensamiento: seguía pegada a aquel desconocido, con los ojos cerrados. Dentro de mí la sangre hervía, quería más de aquel muchacho. Por un momento pensé dejarme llevar, hasta que me sentí zarandeada con brusquedad y salí de aquel encanto. Abrí los ojos de par en par, lo primero que vi fue el rostro pálido de Jake con una mueca de disgusto, mirándome a los ojos con una luz brillante en aquel océano gris. Moví la cabeza de un lado a otro en un intento de despejar mi cabeza de los pensamientos que habían aflorado en mí, estaba aturdida. El chico del champagne miraba a Jake con una ira intimidante. Los minutos siguientes me parecieron confusos y abstractos. Recuerdo bajar las escaleras en brazos de Jake, con el chico de la amplia sonrisa mostrando una fiera hilera de dientes puntiagudos igual que los de un tiburón, pisándonos los talones y profiriendo gritos ensordecedores que hacían retumbar los cimientos del edificio. La sombra que me había recibido se interpuso delante de nosotros intentando con unas extremidades similares a las de un pulpo, pero completamente negras, atraparnos. Jake los burló con dificultad y consiguió alcanzar la calle. Era incapaz de moverme, me sentía pesada y cansada, solo tenía ganas de cerrar los ojos y dormir. Lo último que recuerdo antes de caer rendida, es una voz suave y firme, la de Jake, que me repetía una y otra vez que no me rindiese.

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